Miradas Perdidas 

Personalidades

Eran las 9 de la mañana de un sábado. El hospital psiquiátrico Julio Endara se encontraba casi vació, los pasillos estaban fríos, no había sonido alguno. La espera se hace eterna, los trámites para entrar son rigurosos. Al caminar por los pasillos exteriores empiezan a escucharse las primeras voces, balbuceos, gritos.

Hay alrededor de 10 personas caminando por los patios del hospital, el primero que me mira, tiene los ojos desorbitados, camina hacia mí, me mira de cerca, balbucea hacia mis zapatos, no entiendo que quiere, se acerca otro paciente, este parece más consiente de sí, lo agarra del brazo apartándolo de mí.

Se presenta como Jorge, no tendrá más de 30 años calculo por como se ve, se ofrece a mostrarme el hospital, empiezo a seguirlo de cerca. Empieza a contarme que antes trabajaba por San Isidro del Inca, norte de Quito en una empresa de colchonetas, pero el lugar era muy lejos para trasladarse todos los días. Pregunto cómo es que estando internado en el psiquiátrico puede salir a trabajar. Ignora mi pregunta y sigue caminando, me enseña las aulas de talleres, tienen aulas para manualidades, gimnasio, todo perfectamente limpio y cuidado.

Seguimos caminando por el patio, visualizo a una mujer que empuja una carretilla, tendrá unos 40 años, balbuceos salen de su boca, asumo que está cantando, mueve su cabeza de un lado al otro, a su lado un niño de 7 tiene un casco y duerme en él. Conforme seguimos avanzando, más pacientes curiosos empiezan a acercarse, todos balbucean sus nombres, entiendo unos pocos, Víctor, David, María y al fin logro comprender al primer chico que se acercó, se llama Vivid. Quiere los cordones de mis zapatos.

Jorge vuelve a llamar mi atención, me lleva a los dormitorios, son grandes, casi 7 camas por cuarto, hay varias personas acostadas, parecen seres inertes; algunos otros están arreglando sus camas, conversan o miran tv. Parece algo típico de una casa normal.

A la 1 de la tarde, todos son llamados al comedor, entran en fila, puedo ver que hay más de 50 personas en la sala, algunos entran en silla de ruedas, todos tienen en común la misma mirada perdida. Luego de la comida todos deben volver a sus dormitorios.

Me quedo con la auxiliar médica, ella me cuenta como son los días con estas personas. De lunes a viernes los días empiezan a las 7 de la mañana, las auxiliares tienen a su cargo entre 7 y 10 pacientes; deben asearlos, cuidarlos y dar de comer a los que no puedan hacerlo solos.  De 9 a 12 de la mañana los pacientes hacen trabajos manuales, juegan y toman sus medicamentos. La mayoría tiene esquizofrenia paranoide, pero hay varios que sufren de trastorno afectivo bipolar, de trastorno obsesivo compulsivo o de una mezcla de estas enfermedades. La visita termina, los pacientes duermen, la auxiliar debe alistar los medicamentos para la tarde.